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Glossa | SIGLOS XX Y XXI (1 SACD)

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17,95 €

Viktor Ullmann
Sinfonías nº 1 y nº 2...


REF.: GCDSA 922208
EAN 13: 8424562022089


El compositor Viktor Ullmann nunca imaginó, por suerte, que su nombre acabaría inextricablemente ligado al gueto de Theresienstadt (Terezín). Pero además de estar vinculado al recuerdo de una página especialmente negra de la Historia occidental, éste lleva marcada a fuego la etiqueta de «música degenerada» (Entartete Musik). En los últimos años, la obra de Ullmann, prácticamente desconocida, ha vuelto a llamar la atención. Su ópera Der Kaiser von Atlantis ha sido representada numerosas veces, y el resto de su producción está abriéndose camino en la programación de conciertos. Puede resultar un poco desconcertante que aquí hablemos de dos sinfonías suyas. En rigor, Ullmann no escribió ninguna sinfonía. Pero tal como sugieren las anotaciones de sus Sonatas para piano nº 5 y nº 7, al parecer su intención era transcribir estas obras para orquesta. Tras su horrible muerte, el compositor y director Bernhard Wulff lo hizo en su lugar. Gerd Albrecht, verdadero especialista en este repertorio, se pone al frente de la Brussels Philharmonic (antigua Flemish Radio Orchestra) para ofrecernos una música fascinante de por sí, de una altísima calidad, pero aún más sobrecogedora por el hecho de haber sido compuesta mientras Ullmann se hallaba preso en uno de los campos de concentración más tristemente célebres de la Segunda Guerra Mundial.

FECHA DE PUBLICACIÓN
10/12/2009

INTÉRPRETES
Orquesta Filarmónica de Bruselas
Gerd Albrecht, director


CONTENIDO

Viktor Ullmann (Teschen, 1898-Auschwitz, 1944):

01 Der zerbrochene Krug - Obertura

Sinfonía No. 1 “Von meiner Jugend”
02 I. Allegro con brio
03 II. Andante notturno
04 III. Toccatina
05 IV. Serenade
06 V. Finale fugato

07 Don Quixote tanzt Fandango

Sinfonía No. 2
08 I. Allegro
09 II. Alla marcia, ben misurato
10 III. Adagio
11 IV. Scherzo
12 V. Variationen und Fuge über ein hebräisches Volkslied

1 CD - SACD Hybrid Multichannel Stereo / DDD - 57'38''


RESEÑA (La Quinta de Mahler)

Hay una línea directa entre Mi lucha y la Solución final. Pero nadie hubiera podido imaginarlo. Hoy seguimos sin dar crédito, aunque sabemos que sucedió. También hay una línea directa entre ese pacto del hidalgo o Junker del antiguo régimen con el matón callejero de la cruz gamada y la destrucción de toda cultura moderna. De ahí, las expulsiones de tantísimos artistas fuera de Alemania. De ahí las exposiciones de Arte degenerado (Munich, 1937) y Música degenerada (Düsseldorf, 1938). De esta última al campo de concentración de Therensienstadt también hay una línea recta. Tal vez no sea tan recta la que hay entre la primera teoría sobre arte degenerado (Max Nordau, 1892) y el Tercer Reich. Tal vez no sea tan recta la que hay entre el antisemitismo alemán, austriaco o rumano, y los campos de la muerte. Pero fue muy, muy útil para el luminoso proyecto de Heydrich.

Theresienstadt fue un campo de concentración muy especial. El Tercer Reich llevaba a cabo su exterminio planificado y a gran escala del pueblo judío y al mismo tiempo sus dirigentes pretendían engañar al mundo con un campo como éste, en el que había vida cultural, espectáculos, música. Es este campo el que ha dado lugar a narraciones como Austerlitz, de Sebald, o a Camino del cielo, obra teatral de Juan Mayorga.

Dos de este discos son de gentes que pasaron por Thresienstadt (Terezín, para los checos, y muchos de ellos lo eran, como Ullmann, Krása, Haas o Gideon Klein).

A Viktor Ullmann sólo lo dejaron vivir entre 1898 y 1944. Lo encerraron en Theresienstadt en 1942 y allá estuvo dos años, hasta que lo trasladaron a Auschwitz. Como a tantos prisioneros, judíos en su mayoría. No había nada personal, sólo racial. Aunque ¿son los judíos un raza…? Qué podía importar eso a los que lo decidieron. Cuando el destino se pone traje de gángster…

El espléndido CD de Glossa dirigido por Paull Hillier presenta un Weill encantado todavía con Bertolt Brecht, del que toma seis poemas para esa especie de Requiem proletario, irónico, sarcástico, estrenado en 1928, diez años después del final de la masacre. Se le añade Von Tod im Wald, también con texto de Brecht, y que iba a formar parte de la obra anterior. El retrato de los años 20 se completa con el maravilloso Octeto de Stravinski, con la breve Der Tod, de Hindemith (poema de Hölderlin en el que se puede oír-ver-leer así como La Muerte llega suavemente…) y con dos cantatas de Milhaud, judío, como Weill, la de la Guerra y la de la Paz (poemas de alguien muy distinto, Paul Claudel, insigne poeta, algo meapilas). En la Exposición de Dusseldorf estaban los cuatro. Stravinski quiso librarse mediante un truco, era muy duro perder el mercado alemán. Weill se salvó del destino de los de Theresienstadt, al marcharse a Francia y más tarde a Estados Unidos.

El CD de Ullmann contiene dos Sinfonías que el compositor no escribió como tales, pero que preveía que fueran eso, sinfonías. Son sonatas para piano que no pudo llegar a convertir en piezas orquestales. Sus deseos tuvo que llevarlos a cabo más tarde el compositor Bernhard Wulff. Son obras en cinco movimientos, de considerable economía de medios en cada uno de ellos (y nos referimos, sobre todo, al alcance más que a la pura duración; al tratamiento generoso de un material limitado pero muy rico). El mundo sonoro de estas dos obras nos recuerda a veces a Strauss o a Schreker, y eso es inevitable. Nos recuerda también que Korngold y Ullman son estrictamente contemporáneos. Y que Ullman está necesariamente asociado a Schulhoff o a Krása, por poner sólo dos ejemplos, y no sólo por el espantoso destino de los tres en los campos de la muerte. La secuencia de estas “sinfonías” deja escapar sugerencias escénicas (la vena teatral de Ullmann y tantos colegas suyos de aquella desdichada geografía), tanto en ciertas densidades dramáticas como en los guiños de pantomima o serenata, en el descanso del scherzo o en el lirismo roto de un nocturno o un adagio. Lo teatral es a veces evocación, como sugiere el subtítulo de la Primera Sinfonía, “Von meiner Jugend”, De mi juventud. Y lo teatral puede sugerir el paso a lo cinematográfico, como en el caso de la obertura para El cántaro roto, de Kleist, que abre este hermoso recital monográfico. Don Quijote baila el fandango es más un poema sinfónico de casi diez minutos que una auténtica pieza con base danzante; no falta la métrica del fandango, pero se hace esperar, y se desarrolla con parsimonia, con ceremonia, más bien como si se tratara de una pavana. Cierra el disco un bello fragmento lleno de sabiduría técnica y rico en inspiración, Variaciones y fuga sobre una canción popular hebrea. A Ullmann, como a tantos, lo mataron no por componer de manera demasiado moderna, sino por ser judío. En él mataban en efigie a odiados artistas que ya se habían salvado porque habían muerto antes (Mahler) o por haberse sabido ir a tiempo (Schoenberg). Irse a tiempo: eso es lo que no supo hacer Ullmann, aunque sí lo supo hacer para su familia.

El disco es una empresa sorprendente en el sello Glossa, que a fuerza de sorprendernos ya nos tiene acostumbrados a sus cambios de registro y a su ambiciosa ampliación de perspectivas, de objetivos. Tampoco debería sorprendernos Gerd Albrecht, espléndido director que busca títulos no trillados o decididamente desconocidos, aunque se desenvuelva mejor que bien en el amplio repertorio. Albrecht se apunta un nuevo tanto, otro más, como descubridor de sonoridades que no eran inéditas, pero que estaban escondidas. Ahora en Bruselas, como ayer en Praga o donde haga falta. Un magnífico director, un hermoso rescate.

Todavía no son numerosos los discos dedicados a Theresienstadt, pero ya hay algunos por ahí. Este recital de canto y piano del sello Bridge viene a recordar aquel horror disfrazado y oculto. De nuevo, Ullmann, pero también los mencionados Haas y Krása, más las Reminiscences del compositor y cantante Karel Berman, para piano solo. Berman, checo, como todos ellos, se salvó del Holocausto; nacido en 1919, vivió hasta 1995, felizmente. Estos Recuerdos no se refieren sólo a esos años, se trata de una suite comenzada ya en 1938, y concluida en 1945, justo después de la liberación. Apenas un minuto dura el poema Ich wandre durch Theresienstadt, de Ilse Weber, asesinada en 1944. Apenas minuto y medio el Lied de Zikmund Schul Die Nischt-Gewesenen (Lo que nunca fue). Ambos estremecen. Schul murió de tuberculosis en el campo. Gideon Klein pasó por él y lo asesinaron en Fürstengrube. Las composiciones suyas que oímos aquí se salvaron de milagro. Emotivo, punzante, este CD protagonizado por la bella voz del barítono Wolfgang Holmair, acompañado por Russell Ryan, es una obra de arte y un testimonio. Un eco doloroso.

Santiago Martín Bermúdez

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