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Glossa | BARROCA | OPERA (2 CD)

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25,90 €

Proserpine (tragedia lírica)
Jean-Baptiste Lully


REF.: GCD 921615
EAN 13: 8424562016156
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El proyecto de Hervé Niquet para reverdecer la tradición operística de la Francia barroca da nuevos frutos con esta grabación de la tragédie lyrique compuesta por Lully en 1680. Tras un paréntesis de tres años en su colaboración, Lully y el libretista Philippe Quinault consiguen reflejar en esta obra sus respectivas magisterios creativos a la hora de crear dramas líricos de tema mitológico. Al lado de un plantel de solistas de primerísimo nivel, profundos conocedores de las exigencias del canto barroco francés, y del siempre espléndido Concert Spirituel, Hervé Niquet vuelve a regalarnos un festín dramático inolvidable.


FECHA DE PUBLICACIÓN
13/08/2008

INTÉRPRETES
Salomé Haller
Bénédicte Tauran
Stéphanie d’Oustrac
Blandine Staskiewicz
Hjördis Thébault
Cyril Auvity
François-Nicolas Geslot
Benoît Arnould
Marc Labonnette
Pierre-Yves Pruvot
Joao Fernandes
Le Concert Spirituel
Hervé Niquet, director

DATOS DE PRODUCCIÓN
Grabado en Versalles y Poissy en septiembre de 2006 y noviembre de 2007 por Manuel Mohino
Textos en inglés, español, francés y alemán
Contiene un libreto de 132 páginas

CONTENIDO

Jean-Baptiste Lully (1632-1687):

Proserpine
Tragedia lírica (Saint-Germain-en-Laye, 1680)

CD 1

Prólogo
Primer Acto
Segundo Acto (escenas 1-7)

CD 2

Segundo Acto (escenas 8-9)
Tercer Acto
Cuarto Acto
Quinto Acto

2 CD - DDD - 75'25''+76'55''


RESEÑA (La Quinta de Mahler)

Proserpine, estrenada ante Luis XIV y su fastuosa corte el 3 de febrero de 1680, fue la cuarta de las grandes óperas que Lully hizo representar en el palacio real de Saint-Germain-en-Laye (anteriormente lo habían sido en esta residencia real, una de las predilectas del Rey en las temporadas de invierno, Thésée en 1675, Atys en 1676, e Isis, un año más tarde, en 1677) y la décima tragédie lyrique, o tragédie en musique, escrita por el músico florentino para disfrute de su poderoso patrón. A diferencia de sus producciones dramáticas precedentes, Proserpine no gozó de un éxito perdurable en el tiempo, pues aunque fue aplaudida con entusiasmo por el propio Rey, impresionado, sin duda, por los complejos y vistosos decorados elaborados para la ocasión y lo sublime de su música, y llevada a la escena unos meses más tarde en la Académie Royale de Musique de París con enorme éxito, pronto cayó en el olvido de un público que no pudo acceder a las reposiciones, más o menos frecuentes, que tuvieron lugar en el entorno más privado de la realeza versallesca hasta los años finales del reinado de Luis XV. Sin embargo, y a pesar de este letargo de dos siglos y medio, Proserpine puede ser considerada, sin temor a exagerar, como una obra maestra en su género, una obra que culmina un periodo creativo, especialmente fecundo en la trayectoria de Lully, pero que, a la vez, inaugura una etapa caracterizada no sólo por la madurez artística de la tragédie lyrique como género musical, por entonces novedoso, vanguardista y sumamente elitista, sino, también, por la consagración del gran maestro florentino como uno de los músicos más importantes de todos los tiempos. Efectivamente, Proserpine, es la exaltación más brillante de las ideas que Lully ya había expresado con acierto en Cadmus et Hermione (1673), Alceste (1674) o Atys (1676), pero también el punto de partida sobre el que habrían de discurrir las mejores y más inspiradas partituras de Lully: Phaéton (1683), Amadis (1684), Roland (1685) y, sobre todo, Armide (1686) la última de sus óperas y ejemplo máximo de una forma de crear y escribir música para el teatro que definitivamente habría de marcar el desarrollo artístico-musical de Francia hasta la Revolución de 1789.
Apoyado en un libreto excelso, aunque no el más inspirado de los que Philippe Quinault escribiera durante sus años de colaboración con el compositor, Lully supo crear una música bellísima y perfectamente entrelazada con el texto en una simbiosis artística total, muy en consonancia, qué duda cabe, con el espíritu barroco de aquella época. Los largos y numerosos ritournelles y préludes instrumentales con los que el maestro abre cada una de las escenas y presenta las arias confieren a la acción teatral una carga psicológica en la que se apoya buena parte del entramado dramático desarrollado por cada uno de los personajes. En ese sentido es de justicia resaltar la escena 8 del segundo acto, la escena primera del cuarto acto o el acto tercero en su totalidad, a mi entender, tres de las páginas más excelsas de la música barroca. La labor del coro en el discurso de la obra es de una enorme importancia, pues, amoldado siempre a las exigencias del libreto, abunda en los contrastes emocionales de la diferentes acciones y personajes consiguiendo momentos de enorme belleza como podemos comprobar en sus intervenciones a lo largo del prólogo que abre la ópera o en las escenas finales del acto segundo.
El reto, pues, de acometer la grabación de Proserpine es, sin duda, tarea que requiere unas condiciones técnicas, musicales y artística excepcionales. Hervé Niquet es en la actualidad, junto a William Christie, Hugo Reyne, Philippe Herreweghe, Jerôme de La Gorce y Philippe Beausant, una de las máximas autoridades mundiales en la música de Jean Baptiste Lully y, en general, del barroco francés. Su visión del universo lullyano se hace especialmente atractiva si conocemos la ya larga y exitosa carrera discográfica y concertística de este gran director que, allá por 1987 y de la mano de Christie, ya participó en el redescubrimiento de Atys durante los actos que tuvieron lugar con motivo del tercer centenario de la muerte de nuestro compositor. En Proserpine, Niquet y su Concert Spirituel firman el que, con toda seguridad, es su mejor grabación hasta la fecha y una de los más interesantes registros operísticos de los últimos años. Si en Sémélé de Marin Marais Niquet y su orquesta realizaron una labor enorme a la hora de rescatar del olvido una partitura de gran belleza con unos resultados óptimos en los que, sin embargo, la interpretación superaba con mucho la calidad de la música, en la ópera de Lully ambos aspectos alcanzan un nivel de absoluta perfección.
Sólo me queda felicitar, una vez más, a Glossa por hacer discos como éste y a Niquet y Le Concert Spirituel por brindarnos la oportunidad de disfrutar de páginas tan bellas como la que ahora nos acaban de regalar.

Francisco de Paula Cañas Gálvez

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