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Alpha | BARROCA | OPERA (3 CD)

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33,90 €

Jean-Marie Leclair
Scylla & Glaucus


REF.: ALPHA 960
EAN 13: 3760014199608
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Jean-Marie Leclair, a pure product of the 18th century, was at the crossroads of styles, cultivating a virtuosic art combining melodies à la française and Italian virtuosity stemming from Corelli and Vivaldi. He was 49 when he undertook his first (and only) lyric tragedy: Scylla et Glaucus. In the greatest French tradition, this work combines sumptuous numbers of sentimental outpourings with frightening scenes of fury and terror, in which the orchestra, with forceful passages, plays a dazzling role. A veritable masterpiece, revealing the obvious influence of Rameau, Scylla et Glaucus left a strong mark on French opera. First performed at the Académie Royale de Musique in 1746, this opera, which had a run of 17 performances and enjoyed great success, was only rediscovered in the 1980s (by John Eliot Gardiner in Lyon). For this re-creation, recorded at the Royal Opera and featuring in the Alpha/ Château de Versailles collection, Sébastien d’Hérin, a connoisseur of Rameau and that era, has surrounded himself with top-notch performers, including the promising amorous duo of Anders Dahlin and Emöke Barath, for a resurrection of what the great musicologist Cuthbert Girdlestone considered ‘probably, along with those of Rameau et Gluck, the finest French opera of the century


FECHA DE PUBLICACIÓN
01/12/2015

INTÉRPRETES
Anders Dahlin, tenor
Emöke Barath, soprano
Les Nouveaux Caractères
Sébastien d’Hérin, dirección


CONTENIDO
Jean-Marie Leclair (1697-1764):

Scylla & Glaucus

Tragédie en musique con prólogo y cinco actos
Libreto de d'Albaret basado en Las metamorfosis de Ovidio

3 CD - DDD - 159'48'

RESEÑA (La Quinta de Mahler)

Una sola ópera, ¡pero qué ópera!

Javier Sarría Pueyo

Está bastante claro que el público francés durante el Barroco escuchaba la ópera de forma muy distinta a nosotros. Para ellos, la coherencia y verosimilitud dramática eran un sine qua non de una buena tragedia, con independencia de sus cualidades estrictamente musicales. Y ello tiene toda la lógica del mundo, porque la tragedia lírica, por estructura, su ausencia formas cerradas y su peculiar sentido lírico ofrece, infinitamente más que la ópera será italiana, el marco perfecto para lograr el mejor desarrollo musical de un texto. Pero claro, en el siglo XVIII estamos lejos de binomios tan extraordinarios como los formados por Lully y Quinault o Charpentier y Thomas Corneille y justamente son los libretos los que empiezan a dejar mucho que desear. Con toda probabilidad fue éste el motivo por el que Scylla et Glaucus, la única ópera de Jean-Marie Leclair, fracasase el día de su estreno y en los sucesivos, durante las representaciones de 1746 en la Académie Royale de Musique. Esta tragedia lírica, que trata de los amores entre la ninfa Escila y el semidiós marino Glauco, así como su destrucción por la hechicera Circe, enamorada de éste, quien causa la muerte de aquélla, sin embargo, presenta un texto –debido a un tal D’Albaret, libretista del que nada se sabe, quien se basó en las Metamorfosis de Ovidio– de gran fuerza dramática, al menos para la apreciación de un oyente actual, pero… ¡presentó una grave incoherencia dramática! Y eso resultó imperdonable. En efecto, Escila experimenta un cambio radical en sus sentimientos hacia Glauco, glaciales durante el primer acto, ardorosos durante el segundo en el que, repentinamente y sin aparente razón para ello, descubre que está enamorada de aquél. Hasta el Mercure Galante –árbitro del buen gusto durante el siglo XVIII–, que pasaba por ser adicto a Leclair, no tuvo más remedio que realizar una crítica acerba de esta inverosímil mutación, sin perjuicio de alabar constantemente al extraordinaria altura musical de la composición. Lo que hoy puede dejarnos indiferentes, por entonces tenía consecuencias desastrosas.    Sea como fuere en la época de su estreno, la realidad es que Scylla et Glaucus es una de las mejores tragedias líricas del siglo XVIII, una grandiosa obra maestra que, discográficamente hablando, ha tenido mucha más suerte que otras composiciones coetáneas, pues Erato y Radio France (cuya labor en los ochenta y noventa nunca podremos agradecer lo suficiente) editaron en 1988, en la colección Musifrance, una extraordinaria grabación dirigida por John Eliot Gardiner –por entonces director de la Ópera de Lyon– grabada dos años antes. Si aquella edición fue uno de los mayores hitos en el redescubrimiento del teatro musical del barroco francés, no puede negarse, sin embargo, que en los treinta años posteriores el repertorio se ha consolidado y hay bastantes cosas que se hacen mejor, en particular en el apartado vocal. Por eso la aparición –merced al proverbial esfuerzo de las instituciones públicas francesas en pro de su patrimonio musical, en este caso el Castillo de Versalles– de una nueva grabación de esta magnífica composición debe recibirse siempre con entusiasmo. Y si después, como comprobaremos, resulta que esta nueva edición es de un nivel referencial en todos los aspectos, superando en casi todo a la venerable del maestro inglés, no quedará más remedio que rascarse el bolsillo. La música nos presenta a un Leclair maduro, en la cima de sus capacidades creativas. Es indudable que dedicó todos sus esfuerzos y talentos a una partitura que le presentaba por primera vez en la institución musical por excelencia en Francia, la Académie Royale de Musique, logrando una creación inusualmente rica en el aspecto instrumental. En efecto, al margen de los momentos coreográficos, uno no puede dejar de admirar las sinfonías que preludian cada acto, las cuales introducen con una precisión y expresividad admirables el ambiente de lo que va a suceder. Pero este aspecto va mucho más allá y se aprecia en particular en la riqueza de textura armónica, con una escritura de los violines y, lo que es más llamativo, de las violas, muy activa y estudiada. Abandona siempre el acompañamiento colla parte en los coros, con permanentes figuraciones de la cuerda que dan a esos movimientos una intensidad musical muy poco común. Y, por último, no cabe sino asombrarse con la increíble variedad de los acompañamientos orquestales, lo que permite conseguir una gran expresividad. Quizá el mejor ejemplo ser el sensacional monólogo de Circe Tout fuit, tout disparaît, al final del tercer acto, que, en menos de tres minutos, experimenta continuos cambios en el acompañamiento, logrando una intensidad dramática excepcional. Al margen de ello, Leclair muestra un absoluto dominio del recitativo, con una maravillosa fluidez en los cambios a arioso y viceversa. En los coros se aprecia un bello contrapunto que ayuda a la expresión elocuente, en vez de dificultarla, y, al tiempo, se permite en varias ocasiones una expansión lírica superior, con algunas ariettes de excepcional calidad. El prólogo presenta la tópica contraposición entre el pueblo amante de la paz y el belicoso. En esta ocasión la excusa es una historia extraída también de las Metamorfosis de Ovidio. Nos situamos en Chipre, isla consagrada a Venus, en la ciudad de Amatunte, donde los lugareños están rindiendo culto a su diosa cuando aparecen las combativas propétidas, quienes negaban la divinidad de Venus. La diosa provoca en ellas tal furor uterino que acaban dedicándose a la lascivia más desenfrenada o, según otras versiones, a la prostitución (aunque, en nuestro caso, el libreto guarda casto silencio sobre las consecuencias de la venganza divina). Seguidamente se produce un general regocijo, rindiendo honores a Venus y su retoño Cupido. Todo el breve prólogo puede considerarse como un gran divertissement, pues prácticamente carece de acción dramática. Con estas limitaciones, está lleno de bellezas, desde el delicioso coro inicial Reine de la Nature, hasta la magnífica sinfonía para el descenso de Venus. La tragedia propiamente dicha se sitúa en Sicilia y comienza con un precioso acto pastoral, delicioso de principio a fin, en el que, con sinceridad, es difícil destacar algo por encima de lo demás. En el acto segundo se desarrolla un impresionante passacaille (Amants dont le pirx n’est qu’un fier mépris) cantado por coro y solista, así como danzado, reminiscente del maravilloso del Acis et Galatée de Lully, aunque no tan desarrollado. Igualmente destacable es el aria de furor de Circe Courons à la vengeance, muy virtuosa, y el energético y pegadizo entreacto que la sigue, que le haría pensar a uno en Telemann. El acto tercero se inicia con un profundo monólogo de Escila Serments trompeurs y contiene el recitativo arioso de Glauco Ses efforts seraient superflus… Mais Pourquoi des serments de una elocuencia extraordinaria. No menos destacables son el precioso dúo de amor entre ambos protagonistas Que le tendre amour nous engage y el divertissement marino, con el magnífico coro Vous, qui dans l’empire des flots y los aires en rondó, sutil mezcla de encanto y marcialidad. Claro que el monólogo final de Circe ya mencionado constituye un broche de oro fino para este espléndido acto. ¡Pero el cuarto no lo es menos! Scylla et Glaucus es una ópera consagrada casi por entero a tres personajes (el resto son muy, muy secundarios): los epónimos y la celosa hechicera Circe. El cuarto acto es “su” acto. Tras unos espléndidos diálogos sólo recitados entre el trío protagonista, llegan las increíbles escenas tercera y cuarta, íntegramente dedicadas a la ira e invocaciones demoníacas de la bruja, con una mezcla extraordinaria de recitativos, ariosos y acompañados de una fluidez y potencia dramática poco común. El divertissement infernal de la escena quinta es igualmente fabuloso, llevándonos a lugares que tal vez sólo se hallen en las ramistas Hyppolite et Aricie y Zoroastre. Y llega el último acto. En su mayor parte volvemos al ambiente pastoral del primero, con su deliciosa forlana, la espléndida ariette de Glauco Chantez, chantez l’Amour, hecha a la medida de las cualidades canoras de Pierre Jeliotte, actor del estreno, y que aquí borda Anders J. Dahlin, los energéticos tambourins, propios de un Rameau, y la hermosísima simplicidad del rondó que combina solos y coro Viens Amour, quitte Cythère, de una ingenuidad desarmante. Pero lo mejor queda para el final, con la muerte de Escila y el duelo subsiguiente, con unos coros hermosos y solemnes y los lamentos de Glauco, que incluyen un apabullante grito final Scyilla! Y, para rematar la faena, reaparece Circe en medio de vientos huracanados, representados por una sinfonía espectacular, con una intervención de las flautas tan virtuosa para la época que Leclair, hombre realista, indicó respecto al tempo “cualquiera que permita la ejecución”. Y allí queda Circe, lanzando sus exabruptos como puñales ponzoñosos, montada en un dragón mientras paladea la venganza, al contemplar a la bella Escila convertida en un monstruo. Un final en verdad excepcional. Si soberbia es la música, la interpretación se sitúa a la misma altura. Les Nouveaux Caractères, agrupación francesa que no acababa de despegar, se consagra sin género de dudas como puntera en el repertorio francés merced a este álbum en el que suena mejor que nunca –mucho mejor, por ejemplo, que en la ramista Les Surprises de l’Amour aparecida en Glossa hace un par de años–. Con unos efectivos bien nutridos, orquesta y coro se muestran ejemplares en cada momento, logrando uno sonido incisivo, redondo y colorista al tiempo. Gran parte del mérito recae en su director, Sébastien d’Herin, quien transmite una garra, empuje, dramatismo, teatralidad y matiz fantásticos. Los tempos están excelentemente elegidos y cada escena recibe un tratamiento que no dudo en calificar como ideal. En cuanto al reparto, ya he comentado que ésta es una ópera que exige tres cantantes de primera, pues entre ellos se reparten todo lo sustancioso. Escila y Glauco exigen cantantes virtuosos y dotados de capacidad para conmover, pero en absoluto heroicos o trágicos, como corresponde a los artistas para quienes se diseñó al detalle cada rol: Marie Fel y Pierre Jeliotte. Aquí disponemos de una pareja sencillamente perfecta e inmejorable en el momento actual. La versátil Emoke Barath, cada día más arriba, despliega sus extraordinarias cualidades canoras y actorales y demuestra una vez más que alcanza la excelencia en cualquier repertorio. ¡Y qué decir de Anders J. Dahlin!, a mi parecer el mejor haute-contre del panorama actual. La facilidad, virtuosismo, seguridad, bellísimo timbre, suave, finísimo, imperceptible falsetto para las notas agudas, en fin; todo el arte vocal que despliega el sueco es magistral, colocándose nuevamente como modelo interpretativo de un papel. Circe se encomendó en su día a Madmoiselle Chevalier, una especialista en papeles de hechicera con una voz en ocasiones algo ruda. Se necesita, en suma, una soprano con mucho carácter, aunque la voz no sea particularmente bella. Aquí Caroline Mutel, una habitual colaboradora de D’Hérin, da la talla sólo a medias. Puede muy bien con su aria del acto segundo y proporciona al personaje una dimensión maléfica bastante apreciable, pero lo falta un punto de garra. Uno piensa en señoras como Guillemette Laurens o Lorraine Hunt y, francamente, las echa en falta, lo que no ocurre con la pareja epónima. Los comprimarios, por su parte, cumplen muy bien. En fin, hacía mucho tiempo que no escuchaba esta ópera sensacional y tengo que reconocer que la he disfrutado con el placer y la emoción del primer día.

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