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14,50 €

Nietzsche y la música 
Blas Matamoro


REF.: 9788416247493
EAN 13: 9788416247493
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Ensayista y diletante de filólogo, poeta, filósofo y compositor, acaso Nietzsche sólo consiguió anudar este archipiélago de inquietudes con el hilo rojo de la música.

Dice de él Rüdiger Safranski, uno de sus más agudos lectores, que la música fue para Nietzsche el único mundo verdadero, lo cual equivale a decir: el único mundo sin ficción, sin mentira moral ni fabulación histórica. Y añade Safranski, definiendo la música nietzscheana –la que nunca pudo componer– un vocablo directamente intraducible: das Ungeheure. Lo inmenso, imponente, monstruoso, terrible, tan admirable como el igualmente intraducible deinos en el coro de Antígona.

En la música halló Nietzsche el escenario donde montar el coro, a veces consonante y otras disonante, de sus contradicciones: diálogos, guerrillas verbales, silencios. Al final se volvió inmóvil y taciturno. Las palabras lo habían abandonado pero no la música, ni su madre. Sonreía al escucharla y podía aún descifrarla en el piano. Este libro del ensayista Blas Matamoro intenta ser la breve y articulada partitura de lo que, tal vez, componga la única posible biografía íntima del escritor: la historia de un hombre que llevó el verbo al extremo de sus contrasentidos, hasta que se volvió grito cuando no llegó a ser canto– y culminó en silencio cuando cesó de cantar, sosegado- por la locura.

FECHA DE PUBLICACIÓN
04/06/2021



CONTENIDO
BLAS MATAMORO: Nietzsche y la música

RESEÑA (La Quinta de Mahler)

El músico que no pudo ser

Miguel Ángel González Barrio 

“La vida sin la música es sencillamente un error, una fatiga, un exilio”
(Carta de Nietzsche a Peter Gast, 15 de enero de 1888)

Nietzsche y la música, o la historia de una pasión nunca satisfecha (del todo). La música fue una constante en la vida y en la obra de Friedrich Nietzsche, melómano (o melófilo, como prefiere el autor de este libro), pianista dizque competente, compositor frustrado y genial outsider que fue visto con suspicacia por filólogos, filósofos y músicos por igual. Su único mundo verdadero, en palabras de Rüdiger Safranski. Está presente, de un modo u otro, prácticamente en todos sus escritos. Rapsodias que hay que leer solfeando, afirma Blas Matamoro en el prólogo/Previo de este entretenido librito, compuesto, como hubiera aplaudido Nietzsche, con la levedad del bailarín, con espíritu jovial, y que debe ser leído del mismo modo.

Matamoro conjuga hábilmente el apunte biográfico y el comentario del pensamiento musical nietzscheano en una síntesis tan breve como certera, amena, bien escrita, y trufada de ese fino sentido del humor, esa ironía tan característica de su autor. No abusa de la cita y, en ocasiones, mimetiza su estilo con el del filósofo para explicar este o aquel aspecto de su pensamiento usando la paráfrasis y rematando, cuando la ocasión lo requiere, con una pulla o comentario socarrón: “…Freud, ese buen lector de Nietzsche que borró oportunamente las comillas de sus citas” (p. 68). Cuando rehúsa ahondar en una discusión, por escapar al propósito del libro, lo hace con gracia: “Hoy no toca”.

Algunas ideas nietzscheanas sobre la música, hijas de su siglo, han quedado inevitablemente obsoletas en esta época de la reproducción mecánica, por usar un concepto de Walter Benjamin. Así ocurre, por ejemplo, con la afirmación siguiente: “Para quien no ve lo que sucede en escena, la música dramática es un absurdo; lo mismo que es un absurdo el comentario perpetuo de un texto que se ha perdido. Requiere ella en definitiva que se tengan los oídos donde están los ojos” (El caminante y su sombra, 163). Es obvio que Nietzsche no conoció el disco ni el Regietheater.

Nietzsche, que como genio vivió en contradicción, tuvo entre sus compositores preferidos a operistas, al tiempo que en sus escritos alabó la música absoluta, pura, significante y significado unidos en una sola cosa, y denostó no ya la ópera, sino el poema sinfónico, música corrompida por la palabra, por la literatura. (¡Y eso lo dice alguien que compuso canciones y un Himno a la vida, con texto de Lou Salomé! ¡El fustigador del cristianismo que proyectó un Miserere y un Réquiem!). Uno de los temas más enjundiosos de Nietzsche y la música es, cómo no, la compleja relación de amor-odio entre Nietzsche y Wagner, que basculó entre la idolatría y el desprecio teñido de un mal disimulado respeto y la admiración inconfesable. Quien rompió con Wagner, oficialmente por discrepancias artísticas (otra causa añadida de la ruptura, más personal, relacionada con unos comentarios intempestivos de Wagner al médico de Nietzsche acerca de la intimidad sexual de su paciente, que habrían llegado a oídos de éste, se menciona en passant, sin darle importancia -¡hoy no toca!-, en la p. 26), decepcionado por la deriva teutona, grandilocuente, cristiana y tantas cosas más, de su ídolo (los maestros, Wagner y Schopenhauer, tuvieron que ser derribados para crecer sobre sus ruinas), aún escribió, en los últimos instantes de lucidez: “Pero aún hoy busco una obra que posea una fascinación tan peligrosa, una infinitud tan estremecedora y dulce como el Tristán; en vano busco en todas las artes” (Ecce homo).

Wagner fue quizá el hecho más importante en la vida intelectual de Nietzsche, como lo fue Schopenhauer para el compositor sajón: un bajo continuo, obsesivo, omnipresente. ¡Hasta en Así habló Zaratustra le lanza humorísticos dardos sin mencionarle! Una tras otra van desfilando las críticas del filósofo al compositor, no siempre justas o fundadas y, sobre todo, los malentendidos (o, mejor dicho, no-entendidos), sin que el autor del libro matice o corrija. ¡Hoy no toca! En estos capítulos creo vislumbrar a un Matamoro divertido, secretamente satisfecho usando a Nietzsche de ilustre aporreador de Wagner. ¿Por qué no? Hay una inexactitud, que no afecta a la discusión: “Wagner admitió a Schopenhauer cuando lo conoció gracias a Liszt” (p. 44). Fue el poeta Georg Herwegh, otro exiliado, quien descubrió Schopenhauer a Wagner en 1854. También una revelación: ¡Wagner era hijo de Ludwig Geyer! (p. 48). Lo que es tema abierto, y que probablemente nunca llegue a ser dilucidado, se menciona aquí como un asunto zanjado y bien conocido.

Los capítulos La música y La música y la palabra son especialmente atinados. Ahí encontramos el meollo del maduro pensamiento nietzscheano sobre la música, superado el wagnerismo juvenil de El nacimiento de la tragedia. El capítulo Mujeres, de carácter más lúdico y conjetural, aporta en mi opinión poco a la discusión central del libro, si bien sirve para fijar algunos rasgos de la personalidad de nuestro protagonista y funciona muy bien como interludio giocoso y relajante antes de abordar el último bloque temático, dedicado a la opinión de Nietzsche sobre varios compositores, a la música de su tiempo y los gustos musicales de nuestro hombre (gustos contradictorios y extravagantes) y al Nietzsche compositor.  

El libro se enriquece con una discografía, necesariamente escueta, de la obra musical de Nietzsche, de escaso valor y muy poco visitada. Las citas nietzscheanas están por lo general bien identificadas (se señala claramente su procedencia, indicando obra y parágrafo), salvo cuando proceden de los denominados fragmentos póstumos. En varias ocasiones se menciona, como si de una obra de Nietzsche se tratase, La inocencia del devenir. Die Unschuld des Werdens (La inocencia del devenir) es el título de una de las primeras compilaciones de fragmentos póstumos (de los años 1870-1888), la de Alfred Bauemler (1931). Pablo Simón la incluyó con dicho título como el volumen V y último de su edición de las Obras Completas de Nietzsche, publicada en Argentina en 1970 por Ediciones Prestigio, citada por Matamoro en la bibliografía. El lector español podrá encontrar, por ejemplo, la cita de la página 47 (“Toda muerte semejante es un evangelio del amor…”), en la página 177 del volumen II de la edición de los Fragmentos póstumos de la editorial Tecnos (2008), correspondiente al período 1875-1882 (en la Bibliografía sólo se menciona el volumen IV). Concretamente, se trata del fragmento NF-1875, 11 [18] del verano de 1875 (KGW: IV, i, 280 en la edición crítica de Colli-Montinari, que puede consultarse en línea: http://www.nietzschesource.org). Echo de menos en la bibliografía El Wagner de las ideologías/Nietzsche-Wagner, de Eduardo Pérez Maseda, referencia insoslayable en nuestra lengua.

En resumen, un libro breve, claro, ligero, que se lee con placer, tanto por el tino como por el tono de su autor.

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