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Cypres | ROMANTICA Y NACIONALISTA | SIGLOS XX Y XXI | SINFONICA (1 CD)

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16,95 €

Alfred Bruneau; Claude Debussy
Requiem; Pelléas et Mélisande, sinfonía


REF.: CYP 7615
EAN 13: 5412217076153
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Desde los grandes motetes de Lully, las Lecciones de tinieblas de Couperin o las versiones del Réquiem de Campra y Desaugiers al Stabat Mater de Poulenc o La Transfiguration de Notre-Seigneur Jésus-Christ de Messiaen, pocas tradiciones de música sacra pueden rivalizar con la francesa. El Réquiem de Bruneau, compuesto en la década de 1880, prolonga esta  tradición con un admirable sentido del fervor litúrgico y unas hechuras dramáticas que permiten entrever su incipiente carrera como operista.


FECHA DE PUBLICACIÓN
01/04/2014

INTÉRPRETES
Symphony orchestra and choir of La Monnaie / De Munt
Child choir of La Monnaie / De Munt
Ludovic Morlot, dirección


CONTENIDO
Alfred Bruneau (1857-1934):

Requiem

01_requiem & kyrie
02_dies irae & tuba mirum
03_quid sum miser & rex tremendae
04_recordare
05_oro supplex & lacrymosa
06_hostias
07_sanctus
08_agnus dei
09_et lux perpetua

Claude Debussy (1862-1918):

10_Pelléas et Mélisande, sinfonía (arr. Marius Constant)

1 CD - DDD - 63'39'

RESEÑA (La Quinta de Mahler)

El músico de Zola 

Juan Manuel Viana

Tan solo cinco años mayor que Claude Debussy, el parisino Alfred Bruneau (1857-1934) fue uno de los operistas más renombrados en la Francia del penúltimo cambio de siglo. Hijo de una pintora y de un editor musical, violonchelista formado con Franchomme y alumno de composición de Massenet, Bruneau evidenció un talento dramático que daría ya sus primeros frutos en obras juveniles como la escena lírica Jeanne d’Arc (1878), la cantata Geneviève de Paris (segundo Prix de Rome en 1881) o el “poema sinfónico con canto” Penthésilée (1888), sobre textos de Mendès, que recibió incluso las alabanzas del siempre crítico Debussy. 

En marzo de 1888, un año después del estreno de su primera ópera, Kérim, Bruneau conoció por mediación de un amigo común a Émile Zola, acontecimiento que será determinante en su carrera y que glosaría años después en su libro de recuerdos À l’ombre d’un grand coeur. Gemelos en gustos estéticos, en ideología y hasta en el físico, Bruneau y Zola contribuyeron con títulos como Le rêve (1891), L’attaque du moulin (1893), Messidor (1897) —muy elogiada por Mallarmé— o L’ouragan (1901) a que los principales postulados argumentales del naturalismo literario —lucha de clases, desempleo, emancipación femenina, crimen, prostitución…— ocuparan sin cortapisas los escenarios de los teatros de ópera (y no solo de la opéra-comique, como hasta entonces). La temprana muerte de Zola en 1902, el año de la batalla de Pelléas, y el acelerado declive de la estética naturalista, suerte de “verismo a la francesa” en versión corregida y aumentada, propiciaron que las grandes obras escénicas de Bruneau, así como otros títulos de Leroux, Laparra o Lazzari (La lépreuse), cayeran en un pertinaz olvido que solo Louise (1900) de Gustave Charpentier —gran amigo de Bruneau como atestigua su copiosa correspondencia— ha conseguido relativamente eludir.

Bruneau compuso su Requiem, única partitura religiosa de todo su catálogo, a mediados de la década de 1880 aunque no se estrenaría hasta 1896, en el Queen’s Hall de Londres y a cargo de Charles Stanford. La atmósfera general de la obra, equidistante del miedo ante la muerte clamado en las obras homónimas de Gossec y Berlioz (y, por supuesto, Verdi) y de la promesa de descanso eterno expresada con resignación por Fauré y Duruflé, se nutre de un riquísimo caudal melódico influenciado por Berlioz y Massenet, además de ciertos ecos wagnerianos comunes en tantos músicos franceses de la época. En el Requiem de Bruneau, situado cronológicamente entre los de Gouvy (1874) y Saint-Saëns (1878) y los de Fauré (1888-1891) y Gounod (1893), se suceden secuencias grandiosas de enorme tensión dramática —como el impactante Dies irae que emplea, según la indicación del autor, dos grupos de trompetas situados a izquierda y derecha de los oyentes -y otras de notable recogimiento como el inicio del Requiem o la serena conclusión del Et lux perpetua. En medio, el jubiloso clima operístico del Sanctus se alterna con secciones de un lirismo y dulzura casi sensuales, como el coro de niños al inicio del Hostias, apoyado por las arpas, o el solo de soprano del Agnus Dei. El encanto melódico de Bruneau brillará especialmente en varios pasajes conmovedores: la primera aparición del coro tras el solo de tenor en el Quid sum miser, el dúo femenino del Recordare o la inolvidable entrada del coro sobre las palabras Pie Jesu Domine (2’34’’) en el Lacrymosa tras el emocionante solo de bajo.  

En sus comentarios al disco, Bruno Peeters califica el Requiem de Bruneau como “perla de la música religiosa francesa”. La entusiasta versión de Ludovic Morlot, al frente del Coro y la Orquesta Sinfónica de La Moneda de Bruselas y de un espléndido cuarteto de solistas (con Mireille Delunsch y el magnífico tenor lituano Edgaras Montvidas a la cabeza), contribuye sin duda al redescubrimiento de una obra intensa y emocionante que ningún aficionado al género debería desconocer.      

En vez de optar por algún episodio sinfónico de su legado operístico -como ya hiciera James Lockhart en su notable registro con la Filarmónica Renana (Marco Polo, 1994)- o de proseguir indagando en el terreno vocal de Bruneau -una anterior grabación del Requiem, debida a Jacques Mercier y la Nacional de Île-de-France, incluía también el breve drama lírico Lazare (Adès/RCA, 1994)-, Cyprès ha elegido como generoso complemento a este Requiem, una página de (o sobre) Debussy relativamente infrecuente: la Symphonie Pelléas et Mélisande elaborada en 1983 por Marius Constant a partir de temas e interludios de la obra maestra del autor de La mer. Años atrás, Monteux, Leinsdorf o Barbirolli elaboraron sus propias suites de concierto sobre esta obra, pero el respetuoso y coherente trabajo de Constant -verdadero conocedor de la partitura como demuestran sus Impressions de Pelléas (1992)- es impecable, tanto como la interpretación, rebosante de emoción, del director francés que supera, además, en calidad técnica a los anteriores registros de Serge Baudo con la Filarmónica Checa (Supraphon, 1994) y Jun Märkl con la Nacional de Lyon (Naxos, 2008). 

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